El escorpión en mi vientre sabe

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Hace tiempo descubrí un escorpión acurrucado en mi vientre. Me sorprendió no haberlo visto antes; lo tomé de la cola, no opuso resistencia. Pensé que su actitud era muestra de valentía, su propia forma de decirme: no te temo… después comprendí que estaba domesticado.

Yo también fui tan pequeña como ese escorpión. En mi niñez, recuerdo amanecer un día con los cachetes hinchados y el aguijón caído, mi madre me notificó que tenía paperas y no podría ir a la escuela. Pasé el tiempo sentada frente al televisor viendo la Cenicienta y la Bella Durmiente a permanencia voluntaria durante días.

Luego fui tan enorme como ese escorpión y, sin darme cuenta, perdí sentido de mi propia dimensión. Siguiendo el ejemplo de mis heroínas, esperé con vehemencia a mi príncipe. Como no llegó, decidí ser proactiva e inicié la búsqueda. Los rasgos me eran indiferentes, lo que yo buscaba era un príncipe que viniera a rescatarme… de mí misma.

Los encontré, uno a uno quise que estos hombres me quisieran como yo quería y, no sólo no me quisieron como yo quise que me quisieran, sino que, cada vez, creí que yo quería lo que nunca quise y me dejé devorar por ese querer no querido.

Yo quería encerrarme en la cárcel transparente de las relaciones humanas, yo quería un carcelero que me alimentara, que me dijera qué hacer, que me creara a partir de su costilla, que me hiciera humana, esposa, amante, madre… pero al final, uno sólo puede ser lo que es y yo soy un escorpión.

Tras dormir en frascos de toda forma y color, sentí el aguijón del escorpión en mi vientre, caminé hacia el jardín y, silenciosamente, agradecí ser liberada. Esa niña grande y seria hoy sonríe ante lo que ayer no podría comprender de ninguna manera: la cárcel, la libertad no existen, se crean.

Texto inspirado en el poema de Julio Carrasco:

Tan profundo como el abismo que se interpone entre nuestros deseos y la realidad
Descubrí un enorme escorpión acurrucado en los pliegues
de la camiseta que estaba por ponerme
Traté de hacerlo entrar a un frasco para liberarlo en el jardín
Él primero quiso huir
Después presentó combate valientemente al cuaderno con que lo empujaba
pero tras un rato de forcejeo se dio cuenta de que no había caso
Y se rindió y bajó el aguijón
En ese momento habría podido tomarlo con la mano
Estoy seguro de que se sintió triste
Recordé entonces esa estatua helénica que representa un galo vencido en el suelo
Tapé el frasco con el cuaderno y solté el escorpión tras unos arbustos
La tristeza que sintió ante lo que no podría comprender de ninguna manera
Es la que siento después de tanto tiempo al pensar en el daño que hice
no a ese escorpión sino a una niña grande y seria
que quiso que la encerrara en la cárcel transparente de las relaciones humanas
(un lugar duro y frágil como el vidrio, donde se entra fácilmente y de donde es casi imposible salir)
Pero tal como lo hice con el escorpión
la liberé en el jardín más cercano.

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